necesitamos orar.
- Mikey Gonzalez
- 30 oct 2024
- 6 Min. de lectura

Orar, en muchos sentidos, parece un misterio, sin embargo, es maravillosamente simple. Como muchos, aprendí a orar de mis padres. Nuestras oraciones solían ser hábituales: antes de las comidas, al viajar, antes de dormir o durante los devocionales familiares. Estos momentos de agradecimiento y súplica eran sencillos, pero profundamente impactantes. A medida que crecí, esas oraciones habituales mermaron y mi vida de oración se volvió más íntima. Comencé a ver la oración como simplemente hablar y escuchar al Señor desde el corazón, de manera honesta y abierta, aunque principalmente estuviese sola. En los últimos años, he llegado a comprender el poder de la oración: no solo como una conversación relacional, abierta e íntima con el Señor, que es esencial, sino también como una asociación gozosa con Él en oración por las cosas que están en Su corazón para mí, para mis seres queridos, mi comunidad, mi nación y el mundo.
Una respuesta a la revelación
La oración —como se ve en la Biblia y en mi propia experiencia— tiene diversas formas: puede ser escuchar y hablar, dar gracias, interceder, y se puede hacer solo o en grupo. Sin embargo, en su esencia, la oración es siempre una respuesta a la revelación. En la oración, no somos nosotros quienes iniciamos la conversación, sino Dios. A medida que Dios habla o revela (de las muchas formas que Él lo hace), respondemos en oración, ya sea en adoración, gratitud, acuerdo o súplica. El propósito de la oración es relación, colaboración e intimidad.
“Porque el Señor Omnipotente no hace nada sin antes revelar sus designios a sus siervos los profetas.” (Amós 3:7 NVI)
La oración siempre es una respuesta a la revelación
La oración es nuestro medio para participar en esta relación con Dios. Es una conversación a través de la cual nos conocemos mutuamente y podemos colaborar. A lo largo del Antiguo y Nuevo Testamento, la gente habló y escuchó a Dios y fue testigo de la transformación, ya sea en sus vidas personales, su nación o incluso el mundo. Un ejemplo de esto es la vida de Daniel, quien, al leer las Escrituras, comenzó a hablar con el Señor al respecto, recibiendo más revelación que lo llevó a interceder por su nación. Sus oraciones movieron a Dios a la misericordia, cambiando reyes y atmósferas físicas y espirituales, y preservando a los fieles y justos.
Fuimos creados para orar
Desde el principio, Dios creó a la humanidad para estar en relación con Él, lo que incluye la conversación (Génesis 3). Incluso después de la caída, cuando el hombre fue separado de la presencia inmediata de Dios, las personas continuaron invocando al Señor en oración y adoración (Génesis 4:26). Esto también se conecta con nuestro llamado como reyes y sacerdotes en el reino de Dios. Como sacerdotes, estamos llamados a cuidar (Génesis 2:15), lo que significa servir, ministrar y adorar al Señor e interceder por el mundo. Como reyes, estamos llamados a guardar y administrar Su reino (Génesis 1:26-28). Vivir estos roles, en nuestra nueva identidad, está estrechamente ligado a la oración: conversar con el Señor, traer agradecimiento y adoración, hablar su palabra a las personas tal como nos llega en oración, estar de acuerdo con su voluntad y pararnos en la brecha por otros. No solo fuimos creados para una relación con Dios, sino porque Él deseaba colaborar con nosotros.
“El Señor Dios tomó al hombre y lo puso en el jardín de Edén para que lo cultivara y lo cuidara.” (Génesis 2:15 NVI)
Entonces dijo Dios: “Hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza, que tenga dominio sobre los peces del mar y sobre las aves del cielo, sobre los animales domésticos, sobre todos los animales salvajes y sobre todos los reptiles que se arrastran por el suelo.” (Génesis 1:26 NVI)
Amistad y colaboración en la oración
A lo largo de la historia, las personas han vivido este llamado, visto en las vidas de Abraham, Daniel, Ester y, en última instancia, en Jesús. Todos estos nos muestran que hay un tiempo para la oración individual, uno a uno, donde la relación íntima crece, y un tiempo para la oración colectiva, donde tenemos una conversación familiar.
“Pero tú, cuando te pongas a orar, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto. Así tu Padre, que ve lo que se hace en secreto, te recompensará.” (Mateo 6:6 NVI)
“Porque donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.” (Mateo 18:20 NVI)
La oración es donde la intimidad con Dios crece, especialmente en tiempo personal con Él. Jesús frecuentemente se retiraba a orar solo (Lucas 5:16). Si incluso Jesús, quien es uno con el Padre, priorizó esto, ¿cuánto más lo necesitamos nosotros? Desde este lugar de intimidad y amistad, donde no solo hablamos, sino también nos tomamos el tiempo para escuchar, podemos conocer el corazón de Dios y el enfoque de nuestras oraciones puede cambiar de nosotros mismos a Su voluntad. Desde este lugar, surge la intercesión, oraciones alineadas con el corazón y la voluntad de Dios.
“Si permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran, y se les concederá.” (Juan 15:7 NVI)
El Señor ha decidido que no quiere hacer las cosas solo, sino que quiere que la humanidad trabaje junto a Él mientras desarrolla la historia, no porque nos necesite, sino porque así lo desea. Por esta razón, la iglesia ora y levanta sus voces en súplica y acuerdo con el Señor. Y gracias a Jesús, nuestro Gran Sumo Sacerdote, quien nos justifica ante el Padre, tenemos la seguridad de que podemos acercarnos y venir ante el trono de gracia y misericordia para simplemente pedir (Hebreos 4:14-16). Jesús, los apóstoles y los creyentes en el libro de los Hechos nos enseñan que necesitamos orar, necesitamos orar juntos, y que a medida que oramos, las cosas empiezan a cambiar.
Nuestras palabras sencillas conmueven el corazón de Dios (Cantares 2:14) y traen el cielo a la tierra. Con una oración llena de fe, nos acercamos al cielo. Santiago dijo: “¿Está alguno de ustedes pasando por dificultades? Que ore. ¿Está alguno de buen ánimo? Que cante alabanzas. ¿Está enfermo alguno de ustedes? Haga llamar a los ancianos de la iglesia para que oren por él y lo unjan con aceite en el nombre del Señor. La oración de fe sanará al enfermo, y el Señor lo levantará. Y si ha pecado, su pecado se le perdonará. Por eso, confiésense unos a otros sus pecados y oren unos por otros para que sean sanados. La oración del justo es poderosa y eficaz.” (Santiago 5:13-16 NVI)
Orando la Biblia
Hay una gran necesidad de que oremos, de responder en oración a la revelación y de estar de acuerdo con el corazón de Dios. Y en esta simplicidad de la oración reside su belleza. No necesitamos tener palabras grandes o oraciones largas; de hecho, Jesús nos enseñó a no hacerlo (Mateo 6:5-14), pero podemos usar las mismas palabras que Él nos dio, como el Padre Nuestro, los Salmos y otras oraciones registradas en la Biblia, o nuestras propias palabras, incluso aún cuando no tenemos revelación. Podemos proclamar versículos en acuerdo con Dios, porque la Escritura en sí es una revelación de Dios. Al hacerlo, sabemos con certeza que nuestras oraciones son escuchadas y están siendo respondidas, y que nuestros corazones están siendo transformados por el poder de la Palabra de Dios.
“Ésta es la confianza que tenemos al acercarnos a Dios: que si pedimos conforme a su voluntad, él nos oye. Y si sabemos que Dios oye todas nuestras oraciones, podemos estar seguros de que ya tenemos lo que le hemos pedido.” (1 Juan 5:14-15 NVI)
“Para santificarla, él la purificó en el lavamiento del agua mediante la palabra,” (Efesios 5:26 NVI)
La oración, en secreto o con otros juntos, como lo mostraron las personas en Hechos una y otra vez (Hechos 1:14, 2:42, 4:24-31, 6:4, 9, 10:10, 13:2-3, 14:23, 16:13, 16:16-34, 20:36, 21:5, 28:36); cambia nuestros corazones, cambia los corazones a nuestro alrededor y cambia el mundo. La oración es participar en la relación con Dios y colaborar con Su voluntad y planes para las cosas pequeñas, las aparentemente insignificantes y las cosas grandes en la vida y en la tierra. Con nuestra nueva identidad en Cristo como reyes y sacerdotes, debemos ser un pueblo de oración, con la Palabra de Dios escrita en nuestros corazones y rebosando de nuestras bocas.
Oremos.
Necesitamos orar. necesitamos orar juntos. a medida que oramos, las cosas empezarán a cambiar.