El padre nuestro
- Mikey Gonzalez
- 13 nov 2024
- 6 Min. de lectura
Actualizado: 10 dic 2024

¿Alguna vez, como me pasa a veces, te has quedado sin palabras cuando llega el momento de orar? Tal vez sientes que tus oraciones son insuficientes, como frases vacías que no logran capturar realmente lo que hay en tu corazón o en el corazón de Dios. Quizás por eso a veces dudas en orar.
Al leer los Evangelios, notamos que los discípulos rara la vez le piden a Jesús que les enseñe cosas específicas. Jesús los comisionó a predicar, a caminar en autoridad, a echar fuera demonios y a sanar a los enfermos, pero no hay ningún registro de que le pidieran instrucciones sobre cómo hacer estas cosas; parecían entender qué hacer simplemente al caminar con Jesús y observarlo. Sin embargo, sí hicieron una solicitud: “Señor, enséñanos a orar” (Lucas 11:1, NVI). En respuesta, Jesús les enseñó lo que ahora conocemos como el Padre Nuestro, una oración principalmente colectiva que se encuentra en el corazón del Sermón del Monte y que seguimos orando hasta el día de hoy y a la cual siempre podemos recurrir.
"Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal; (porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén)". (Mateo 6:9-13 RV60)
La oración principal (excluyendo la frase “Porque tuyo es el reino, el poder y la gloria por siempre. Amén”, que probablemente fue añadida después) se puede dividir en dos partes principales. Las tres primeras peticiones se centran en Dios: su honor, su reino y sus propósitos, para que se den a conocer y se establezcan en la tierra. Las tres peticiones restantes se enfocan en nuestras necesidades y en la ayuda que necesitamos para vivir como ciudadanos de Su reino. Este formato establece una estructura para la oración que combina adoración y petición como fundamento, en torno al cual se pueden formar la confesión, la acción de gracias y la intercesión. Nos recuerda también la enseñanza posterior de Jesús en Mateo:
“Más bien, busquen primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas” (Mateo 6:33, NVI)
CENTRADO EN DIOS
Jesús comienza esta oración enfocándose en Dios, haciendo una declaración profunda al dirigirse a Él no solo como Su Padre, sino como Padre Nuestro. Él es nuestro Padre en los cielos. Dentro de esa declaración, reconocemos que el Dios omnipresente, Creador del universo, es nuestro Padre—la fuente de vida y provisión. El Dios Todopoderoso nos ha traido cerca y por tanto, parte de Su familia. Su nombre debe ser reconocido y santificado, porque no hay ninguno como Él. Él es el único Dios, soberano, justo, recto y abundante en amor, y debe ser temido y reconocido como tal en la tierra, así como ya lo es en el cielo (Salmo 103:18-19, Apocalipsis 4:8).
"Porque cuando vea (el hombre) a sus hijos (que son de Dios), la obra de mis (de Dios) manos, en medio de él, santificarán mi nombre; santificarán al Santo de Jacob y temerán al Dios de Israel." (Isaías 29:23 NVI)
"A ti te fue mostrado, para que sepas que el Señor es Dios; no hay otro fuera de él." (Deuteronomio 4:35 NVI)
Nuestro Dios, creador del universo, tiene un reino que actualmente está plenamente manifestado en el cielo, donde no hay obstáculos y todo está sometido a Sus caminos y voluntad. Jesús proclamó que este reino está cerca y se puede experimentar en nuestras vidas ahora (Mateo 3:2; 4:17). Sin embargo, anhelamos la plenitud de Su reino. Cuando pedimos a Dios que su reino venga a la tierra tal como es en el cielo, estamos buscando la manifestación completa de Su reinado prometido, gloria, justicia y rectitud aquí en la tierra, ya que las personas se someterán a Su soberanía y realeza—una transformación que solo Él puede traer.
“Pero corra el juicio como las aguas, y la justicia como impetuoso arroyo.” (Amós 5:24 NVI)
“Mas tan ciertamente como vivo yo, toda la tierra será llena de la gloria del Señor.” (Números 14:21)
De manera similar, pedimos que se haga la voluntad de Dios—no la nuestra—en la tierra como en el cielo. Su voluntad es diferente a la nuestra y Sus formas de establecer y ejecutar Su reino difieren considerablemente de las nuestras. El Señor dijo a través de Isaías: “"Porque mis pensamientos no son los de ustedes ni sus caminos son los míos", afirma el Señor."Mis caminos y mis pensamientos son más altos que los de ustedes; ¡más altos que los cielos sobre la tierra!” (Isaías 55:8–9 NVI). Su voluntad requiere que dejemos de lado nuestro egoísmo y orgullo, que muramos a nosotros mismos y nos sometamos completamente a Él, confiando en Sus caminos sobre cómo Él traerá Su reino. Jesús modeló esto cuando oró esta misma oración en el jardín antes de Su crucifixión (Mateo 26:42) y Pablo hizo lo mismo al proclamar el evangelio ante la persecución (Hechos 21:13-14). A medida que nos alineamos con la voluntad de Dios, Su reino avanza.
CENTRADO EN NOSOTROS
Mientras vivimos en la tensión entre ya pertenecer al reino de los cielos pero aún no experimentar su plenitud, Jesús nos enseña a buscar la ayuda del Padre. Nuestra primera oración reconoce nuestra dependencia del Señor, pidiendo al Padre que nos provea nuestro pan diario, tanto natural como espiritual. Esta petición y confesión de confianza resuenan con la historia de los israelitas en el desierto (Éxodo 16:4–5); nos llama a no preocuparnos por la comida y ropa (Mateo 6:25–33) y a resistir la codicia (Proverbios 30:8–9), sino, con gratitud, creer que Dios proveerá lo que necesitamos. Al mismo tiempo, oramos al Señor para que nos siga haciendo crecer más y más a Su semejanza, ayudándonos a entender Su voluntad y Sus caminos a través de Su palabra que nos sustenta (Mateo 4:4).
“Abres tu mano, y sacias de favor a todo ser viviente.” (Salmo 145:16)
“Y te humilló, y te dejó tener hambre, y te alimentó con maná, que no conocías, ni tus padres lo conocieron, para hacerte saber que no solo de pan vivirá el hombre, sino de todo lo que sale de la boca del Señor.” (Deuteronomio 8:3)
En el proceso de convertirnos más como Él, primero debemos experimentar lo que podemos dar a los demás. Aunque una vez salvos, tropezamos y estamos en un viaje de ser salvos, por lo tanto, necesitamos más que un perdón de una sola vez. La belleza de esto es que el Señor perdona gustosamente cuando le pedimos. Está en Su naturaleza perdonar, mostrar misericordia y compasión, dejar que el amor cubra nuestras faltas (Salmo 86:15, 103:8), por eso nos dio a Su Hijo (Juan 3:16). Al recibir Su perdón, aprendemos a perdonar a los demás. ¿Por qué deberían los demás ser juzgados por sus deudas y yo no? Perdonamos como hemos sido perdonados, dejando la venganza al Señor (Romanos 12:19) y viviendo en paz, evitando la raíz de amargura en nuestros corazones (Hebreos 12:15).
“Más bien, sean bondadosos y compasivos unos con otros y perdónense mutuamente, así como Dios los perdonó a ustedes en Cristo.” (Efesios 4:32)
Aunque podemos tropezar debido a nuestra naturaleza humana, podemos invocar la ayuda del Señor para evitar caer en pruebas y en pecado, que a menudo se infiltra sutilmente en nuestras vidas. A través de Su apoyo, aprendemos a resistir el pecado viviendo más por el Espíritu que por la carne. Mantenernos conectados con Dios mediante la oración constante fortalece esta resistencia. Jesús mismo nos dijo que estar atentos y orando nos ayuda a guardarnos de la tentación (Marcos 14:38; Lucas 22:40). El enemigo ha venido a robar, matar y destruir (Juan 10:10), utilizando el engaño y las mentiras para intentar desviarnos (Juan 8:44; 1 Pedro 5:8). Pero Jesús, que ha ido delante de nosotros y enfrentado todas las tentaciones (Hebreos 4:15), ora por nuestra protección (Juan 17:15) y podemos unirnos a Él en esta oración, pidiendo a Dios que nos mantenga fuertes.
“El Señor es fiel, y Él te fortalecerá y te protegerá del maligno.” (2 Tesalonicenses 3:3 NVI)
HASTA LA PLENITUD
Por lo tanto, el Padre Nuestro no es solo una liturgia, como quizá la hayamos conocido, sino que cuando oramos esta oración que Jesús enseñó a sus discípulos, estamos alineándonos con el corazón del Señor, con su voluntad, sus planes y propósitos para nosotros y el mundo. Estas no son palabras vacías, sino que provienen directamente del corazón de Dios y pueden darnos lenguaje y un punto de partida mientras oramos y esperamos que la realidad de “suyo es el reino, el poder y la gloria por los siglos” se establezca y se reconozca plenamente aquí en la tierra.
Amén.
Referencias:
Bible Project.
Leon Morris, The Gospel according to Matthew, The Pillar New Testament Commentary (Grand Rapids, MI; Leicester, England: W.B. Eerdmans; Inter-Varsity Press, 1992).
R. T. France, The Gospel of Matthew, The New International Commentary on the New Testament (Grand Rapids, MI: Wm. B. Eerdmans Publication Co., 2007).