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El Corazón del Misionero

Schafe auf einer grünen Aue.

"Pero al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas, porque estaban cansadas y dispersas, como ovejas que no tienen pastor. Entonces dijo a sus discípulos: “A la verdad la mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, pues, al Señor de la mies que envíe obreros a su mies.” (Mateo 9:36-38)


Reconociendo las señales de los tiempos

En un siglo donde la apariencia y la realidad se mezclan en las redes sociales, las acciones hablan más fuerte que las palabras. El pastor ejecutivo, el predicador influencer y la Generación Z—la generación "hype" en la iglesia—son parte de nuestra experiencia diaria, tanto en nuestras comunidades como en línea. Este fenómeno debe ser reconocido, pero ¿es algo malo? ¡No! Cada expresión del ministerio tiene su lugar. La mies es mucha, y dos mil años después, los obreros siguen siendo pocos.


En la iglesia de hoy, hay una pasión radical por el Señor como nunca antes lo había visto—no porque sea nueva, sino porque las redes sociales la amplifican. Se ha convertido en parte de la cultura, expuesta ante todos, y eso es bueno. En una era de ilimitadas campañas de publicidad, solemos ver un anuncio 50 veces antes de considerar el producto. De la misma manera, muchas personas necesitan escuchar el evangelio repetidamente—quizás aún decenas de veces—antes de comprometerse a seguir a Jesús. La Generación Z no se avergüenza y ninguna otra generación debería hacerlo.


Vivimos en tiempos donde el cansancio es sinónimo de ansiedad y la dispersión de depresión (Mt. 9:36). Muchos caminan por la vida sin propósito, sin luz, sin guía. Sin embargo, todos somos ovejas, mientras algunos tienen un Buen Pastor, otros son como niños con iPads—guiados y entretenidos por lo que encuentran en línea. Hoy en día muchos siguen sin pastor.


La mies está lista. ¿Puedes verla?

El corazón de un obrero

¿Qué despierta esto en ti? ¿Ansiedad? ¿Abrumamiento? ¿Celos? ¿Envidia? ¿O sientes compasión por ellos?


Mientras Jesús iba de ciudad en ciudad, predicando y enseñando, sintió compasión porque la gente estaba perdida. ¿Tu nación está perdida? Probablemente sí. Pero aquí está el punto: no estamos llamados a ser una iglesia de simples diagnosticadores. Identificar el problema no logra nada por sí solo. La iglesia debe ser compasiva—una iglesia que no solo reconozca el dolor de las ovejas perdidas, sino que actúe de acuerdo a esto. Eso fue lo que hizo Jesús.


Sin embargo, actuar de acuerdo a ello puede que no se vea como esperamos. En lugar de reunir inmediatamente un ejército de seguidores, Jesús esperó. Primero instruyó a sus discípulos a orar (Mt 9:38, Lc 10:2). Una persona que ora es alguien que anhela estar en sintonía con lo que Dios está diciendo y haciendo. Un corazón que se mueve con compasión es un corazón alineado con el corazón de Dios. Orar es asociarse con el Señor, poniéndose de acuerdo con Su voluntad.


La mies está lista. Pero, ¿hay compasión?

Ekballō

“Rogad, pues, al Señor de la mies que envíe obreros a su mies.” (Mateo 9:38)


La palabra para “enviar” en este versículo es ekballō. A lo largo del Nuevo Testamento, esta palabra se traduce con mayor frecuencia como arrojar, expulsar o, en su sentido más completo, echar fuera. Ekballō se usa cuando Jesús echó fuera demonios de las personas, expulsó a los mercaderes del templo e incluso cuando dijo que se arrancara un ojo si causa pecado.


Pero ekballō no se refiere a que Dios obliga a las personas a servir como obreros. En cambio, habla de un proceso transformador—uno que nos impulsa a contar el costo y a someternos al Señor de la mies. Es agresivo. Provoca una interrupción. Y esto es lo que hace la oración.


La oración, como disruptor, impacta tanto la situación por la que oramos como a nosotros, los intercesores. A medida que oramos por la cosecha de almas, los corazones de las personas se ablandan para escuchar Su llamado y nuestra conexión con el corazón de Dios por los perdidos se fortalece. A medida que oramos por nuestras familias, ciudades y naciones, el poder de Dios y la obra del Espíritu Santo traen una convicción más profunda del pecado y la justicia.


La oración también nos cambia a nosotros. Nos hace más inclinados a amar bien a las personas, a compartir el evangelio con denuedo y a brillar Su luz en un mundo oscuro. Funciona en ambas direcciones. La oración interrumpe nuestros pensamientos y sentimientos, derribando lo que está desalineado y realineándonos con el corazón de Dios.


La mies está lista. Señor, te pedimos, ¿lo harás?

Apostellō

“A estos doce envió Jesús después de instruirlos, diciendo: ‘No vayáis por el camino de los gentiles, ni entréis en ninguna ciudad de samaritanos; id más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Y al ir, predicad, diciendo: “El reino de los cielos se ha acercado." (Mateo 10:5–7)


La palabra para “enviar” en este pasaje no es ekballō, sino apostellō. En español, ambas palabras se traducen igual, pero no tienen el mismo significado. "Apostellō significa enviar, mandar, o emitir y el verbo está enfocado en el propósito y la meta del evento en cuestión, por eso en el ser enviado y el completar la asignación, el verbo asume el significado de comisión o ser comisionado."


Oraciones relacionadas a Mateo 9:38, no son principalmente para avivar el celo de otros por los perdidos. Más bien, interrumpe el corazón de quienes oran, haciéndolos parte de la respuesta a sus propias oraciones. Esta es la esencia de ekballō—pasar de ser un intercesor lleno de compasión a un obrero apasionado. Ekballō es como ser enviado del entrenamiento básico al campo de batalla, lanzándote directamente a la acción. Apostellō es como tener una misión, objetivos y estrategias para ganar la guerra.


Según el Evangelio de Lucas, esta instrucción de oración fue dada a los setenta discípulos después de que los doce ya habían sido enviados (Lc 9–10). En el relato de Mateo, Jesús les dijo a los doce que oraran por obreros antes de que ellos mismos fueran enviados (Mt 9–10). Las diferencias en el orden pueden parecer una contradicción, pero perderse en esto sería ignorar lo esencial. Jesús hizo de esto una prioridad en Su enseñanza. Habló de ello porque le importaba.


Debes ser ekballō antes de poder ser apostellō. Vemos este patrón repetidamente: con los discípulos (Mt 9–10, Lc 9–10), en Pentecostés (Hch 1–2) y con Pablo y Bernabé (Hch 13:2–3). Cada uno de estos llamados fue precedido por la oración antes de llevarse a cabo en acción. Antes de ser comisionado, debe haber un corazón compasivo—uno que haya sido interrumpido por la oración. La oración sacude a las personas hasta ser enviados.


La mies está lista. ¡Aquí estamos, envíanos!

 

Referencias:

Horst Robert Balz and Gerhard Schneider, Exegetical Dictionary of the New Testament (Grand Rapids, Mich.: Eerdmans, 1990–)

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